15 septiembre, 2009

Manifiesto Futurista (parte 1 de 5)

El 5 de febrero de 1909, un pequeño diario italiano publicaba un artículo que iba a cambiar la historia de la humanidad para siempre. El mundo iba a ser tomado por sorpresa, creyéndose a salvo detrás de una muralla de conformidad y rutina, para ser desnudado y expuesto de una forma tal que nunca más volvería a ser el mismo.
Seguramente aquel era un día como cualquier otro dentro de la imprenta de La gazzetta dell’Emilia, un diario regional de la ciudad de Bologna. Los empleados iban de acá para allá, dando los últimos toques de edición, imprimiendo y empaquetando todo, como si aquel fuese simplemente un día más de sus vidas. Jamás se habrían imaginado, ni ellos ni nadie, que un diario minúsculo podía albergar un gigante en sus entrañas. Junto con las noticias del día venía, escondido, abriéndose paso con esfuerzo a través del conformismo reinante, una declaración. Un discurso ferviente, un código, una nueva forma de vida, una libertad inigualable… un manifiesto. El Manifiesto Futurista. A partir de ese momento la reacción en cadena fue imparable. De Bologna a Paris, de Paris al mundo. En tan solo 15 días el sonido de las ataduras quebrándose colmaba todos los rincones del mundo. Pero ¿qué tenía de especial este manifiesto? ¿Cuál era aquel secreto tan revolucionario que escondían sus palabras? El Manifiesto Futurista era el inicio de una nueva era.
Pero una revolución no es nada si no tiene alguien a quien destronar, si no tiene un enemigo jurado por quien daría la vida con tal de verlo acabado. Y Filippo Tommaso Marinetti y su séquito de intrépidos filósofos tenían muchos. Ellos tenían una visión de un mundo diferente, un mundo veloz, violento, brutal. Un mundo de dinamismo absoluto, de potencia desgarradora y de destrucción constante. Y estaban dispuestos a todo con tal de lograrlo.
“Pretendemos cantar sobre el amor al peligro, el hábito a la energía y a la falta de miedos”, decía el primer punto del manifiesto, que como una cuchilla, desgarraba el velo conformista que cegaba la vista de los hombres. La velocidad, atractiva y poderosamente adictiva, iba a ser el emblema del futuro. La batalla, su fuerza motora. Los futuristas buscaban componer odas a la unión del hombre con la máquina, poemas a la audacia y a una nueva belleza, una belleza fugaz, que había sido otorgada a la humanidad para enriquecimiento del planeta. El pasado tenía que ser arrancado de raíz; los museos, meros cementerios, debían ser reemplazados por fábricas; el silencio, sofocado por el constante tronar de las máquinas. El mundo se encontraba en el promontorio de los siglos, en donde el tiempo y el espacio habían sido destruídos por una velocidad eterna y omnipresente, dejando al hombre librado únicamente a lo absoluto. ¡¿De qué servía mirar para atrás?! Y el arte, aquella expresión pura de la condición humana, debía ser la primera en develar ese fervor contenido en el corazón de las personas. La literatura debía dejar de lado la inmobilidad y el ensueño de las que era presa. La poesía debía tomar al corage y la audacia como estandartes, y el poeta debía vivir sumido en el ardor y el esplendor de la furia absoluta, de forma tal de hincharse de fervor y alimentar con él su arte. “Ninguna creación puede convertirse en una obra maestra sin un carácter agresivo. La poesía tiene que ser concebida como un ataque violento sobre fuerzas desconocidas, de forma tal de reducirlas y postrarlas frente a la humanidad” rezaba el séptimo punto del manifiesto. La humanidad, absoluta, eterna, dueña del universo, conquistaba a sus adversarios a través del arte, el arte de la guerra. La música, aquella forma pura del sentimiento como la había definido ya Schopenhauer, poseía un papel primordial en el futurismo. Era su labor cantar sobre aviones y trenes circundando la tierra sin descanso, como viajeros atemporales que carecen de destino; sobre fábricas tiñendo el paisaje de revolución y llenandolo todo con su aroma a progreso; sobre regimientos y batallas golpeando de forma certera la realidad, devastando y purificando. De esta forma, servía de adoración a la creación humana, y rendía sus oleajes polifónicos y sus cromáticas armonías y brillantes cadencias al futuro. Ese futuro que el 5 de febrero de 1909, se convertía en presente.

2 comentarios:

  1. Interesante blog GELP, gracias por el mensaje. Saludos!

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  2. Jeje… las voladas q tienes… es un manifiesto bastante utópico… pero creo q hay algo esencial q lo hace ser distinto, cuando dice: “La poesía tiene que ser concebida como un ataque violento sobre fuerzas desconocidas”, eso es lo que han olvidado los artistas en general… la revuelta y solamente la revuelta como dice Bretón, es generadora de libertad, poesía y amor… espero poder escuchar alguna vez alguna creación tuya… para q estas palabras no sean solo palabras… sino q se potencien tremendamente…un abrazo desde el otro lado de la montaña!!!

    La suso
    http://suso.zobyhost.com/

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