19 marzo, 2010

Despedida de un fan - Dream Theater 13/03/2010

La llegada de Dream Theater a la Argentina generaba furor en el seno de la cultura progresiva nacional, pero en mi corazón no había lugar más que para las dudas. Los recitales que la banda había ofrecido en el año 2008 habían tenido una profunda repercusión en mí, en mi forma de ver y pensar la música. Me habían impactado de principio a fin, dejando una huella que difícilmente se borraría con el pasar de los años… o eso pensaba yo en aquel entonces. Sin embargo, dos años son mucho tiempo, y hoy puedo afirmar que aquella marca se ha diluido en gran medida. Puedo decir sin titubear que soy hoy un hombre mucho más maduro que en aquella ocasión, tanto personal como musicalmente. Creo que he llegado a un punto esencial en el desarrollo de la persona, y lo he atravesado. Un punto que, citando a Kansas, se podría definir como el “Point of Know Return”, aprovechando el juego de palabras. Los años han pasado, la experiencia y el conocimiento han aumentado, y uno ya no puede volver atrás y cultivar nuevamente ese fanatismo ingenuo del pasado. Uno no puede vivir más de las opiniones de los demás ni ser condecente ni seguir de forma ciega al rebaño. ¿Tiene sentido comprar la entrada para ver una banda cuyos últimos 2 discos me resultan insípidos; una banda que se mantiene alimentada únicamente de un virtuosismo egocéntrico y cuya actitud hacia la música es artificial y vacía? Un gran dilema. Luego de mucho meditar llegué a la conclusión de que no había nada que perder, incluso podía llegar a confirmar de forma personal aquello que la música transmitía a la lejanía.
Llegué al estadio cuando ya sonaban los psicodélicos y estridentes acordes de Bigelf, y me sentí velozmente transportado a la segunda mitad de los años ’60. La banda se mostró a si misma como una máquina del tiempo, personificando en el presente los excesos típicos de una época que hace mucho ha cesado de existir. Su sonido se podría describir como similar al del Pink Floyd de Barrett, pero desde un punto de vista más cercano al hard rock de los primeros discos de Sabbath o Purple (por momentos me hacía acordar a la banda estadounidense Astra, de corte muy similar), añadiendo a la mezcla un virtuosismo y nivel técnico más típico de la modernidad. La banda resultó ser una grata sorpresa, otorgando al público varias de sus retorcidas composiciones, que muchas veces hacían uso de una locura lúgubre, acercándose peligrosamente al movimiento doom (que dicho sea de paso es el nombre de su primer EP, Closer to doom). La agrupación, que estuvo presente en la alineación del festival Progressive Nation del 2009, tuvo una buena conexión con el público local, el cual reconoció con emoción su performance con una fuerte despedida.
Finalmente el momento de la verdad había llegado. Luego de apagarse las luces comenzó a sonar la misma intro con la cual la banda se había presentado 2 años antes, verdaderamente una señal de mal augurio. Como era de esperar, el recital comenzó con los dos primeros temas del último disco, A nightmare to remember y A rite of passage. La calidad del sonido mostró sus falencias desde el comienzo, lo cual perjudicó especialmente a Myung (como es costumbre ya) y a Rudess, y teñiría el recital durante toda su duración, hechando a perder secciones que de otra forma hubiesen sido mucho más interesantes. LaBrie comenzó cantando como si tuviese un megáfono en vez de un micrófono, con un sonido muy raro y distorsionado. A pesar de esto debo de admitir que me sorprendió su actuación, mostrándose muy preciso casi siempre (excepto especialmente en ciertos agudos de In the name of God) y realizando ciertos arreglos muy interesantes. Petrucci demostró desde el inicio que es un ser impenetrable, tanto musicalmente como personalmente. Sus solos técnicos sonaban casi tan interesantes como su cara de pocos amigos. Tengo una teoría que dice que a medida que sus bíceps crecen de forma artificial, su personalidad decrece proporcionalmente. Sería interesante ponerla a prueba. Del otro lado del escenario Myung movía sus dedos de forma veloz y precisa, sin que un solo sonido saliera de su bajo. Rudess giraba obsesivamente alrededor de su pie móvil, casi sin prestarle atención a aquello que estaba tocando. Sin embargo interpretó un solo que debo admitir, me dejó totalmente boquiabierto. La primera vez que le presté atención a Portnoy se encontraba realizando una desagradable mezcla entre rap y death grunt, lo cual me dejó muy poco conforme.
Más allá de las criticas personales, la música me resultó (tal cual lo esperaba) tremendamente tediosa. Su progresividad se asienta sobre bases totalmente artificiales, y la banda se retroalimenta de virtuosismos personales completamente egocéntricos y hedonistas, convirtiendo cada solo en un evento cuasi masturbatorio. La longitud de los temas es totalmente indebida en proporción a su contenido, y los desarrollos siguen estructuras repetidas hasta el hartazgo y exploradas en demasía en el pasado. Incluso las líneas vocales se han reducido a meros vómitos vocales monotonales y con fines meramente percusivos (claro ejemplo de esto es el primer minuto y medio de A rite of passage). La banda ha perdido todo su lado melódico, exterminando lo poco que quedaba de influencia sinfónica y sentando las bases de un progresivo moderno inconsistente.
Hasta este momento todo era más que predecible, pero estaba a punto de recibir un golpe que no me esperaba. Se imaginarán la sorpresa que me llevé cuando, al sacar la vista del escenario, me topo con un público eufórico cantando los temas desde lo más profundo de sus almas. Realmente a pocos parecía importarle todo aquello que mi mente no podía parar de notar. En un momento casi me paro y grito “¿Acaso no se dan cuenta que estamos leyendo una carta de suicidio?”. Pronto me di cuenta que mi intento iba a resultar inútil. Dejé a la gente disfrutando de su felicidad, mientras yo me preguntaba cómo podía ser que una banda buscara con tanta tenacidad que perdiera noción de aquello que se había propuesto encontrar.
Como una brisa de aire fresco, recibí el tema Hollow years, que a pesar de encontrarse en un disco intrascendente es un tema para tener en cuenta. El mismo se vio decorado por un solo de guitarra y uno de teclado, funcionando como prólogo y epílogo respectivamente. Petrucci utilizó su momento para recuperar algo de humanidad, mientras que Rudess comenzó desperdiciando el suyo más preocupado por sus artefactos que por la música que generaban. De todas formas pudo recuperarse y hacer brillar cada nota de su interpretación con un talento espectacular. Esto confirma otra de mis sospechas: Rudess no es más que una víctima del régimen maligno que el capitán Portnoy y su lugarteniente Petrucci han impuesto en la banda, un crimen del que tanto el talentoso tecladista como el silencioso bajista son víctimas. A pesar de esto, se pudo comprobar de forma práctica y veraz la diferencia de calidad intrínseca que separa a los temas nuevos de los viejos, los cuales al tener bases sólidas permiten una libertad de improvisación mucho mayor.
A continuación la banda intentó ofrecer Prophets of war, tema que fue desechado por la totalidad del público, que lentamente parecía despertar y comprobar la farsa con sus propios ojos. Cuando la ceguera comenzaba a desaparecer y las caras se tornaban cada vez más largas, la banda se vio forzada a recurrir a una estrategia drástica, e interpretó The dance of eternity, de cuyas garras poderosas ni yo pude resistir. Para consolidar el terreno ganado, el setlist continuó con One last time y Spirit carries on para conformar un triplete del Scenes from a Memory que cambió totalmente el ambiente que se vivía en el recinto. La gente explotó en la más genuina demostración de aprobación ante los temas que se le estaban ofreciendo, gritando y vitoreando a todo pulmón. Nuevamente me encontré inundado de felicidad al escuchar las primeras notas de In the name of God, tema que terminó de desatar la locura en el estadio.
Sin embargo la fachada se desarmó y rodó por el piso al comenzar The count of Tuscany. El viaje por el pasado resultó delicioso, pero lamentablemente debíamos afrontar la realidad antes de que el show culminara. Cada uno de los 19 minutos del tema me resultó interminable. Repetitivo, aburrido, insulso, vacío… no se me ocurre un solo adjetivo positivo que pueda describir esta obra. De nuevo nos hallábamos frente a la estructuralización y vacío inspirativo del cual el disco Black Clouds & Silver Linings es prácticamente una clínica. Hasta la tapa del disco carece de sentido, del mismo modo que su contenido no es más que un rejunte de elementos que viola rotundamente la ley que afirma que “el todo es más que la suma de las partes”. Tan patético es el disco que Petrucci tuvo que pedirle al público que lo aplaudan luego de realizar uno de sus solos. La artificialidad llevada al extremo, o como dice un amigo “la espectacularidad como fin y no como medio”. De pronto, luego de 1 hora y 45 minutos, la música se había ido tan efímeramente como había llegado.
Lo poco de aquella antigua marca que la banda había hecho en mí había sido definitivamente borrada. No son palabras que me sean fáciles redactar, pero son ciertas. Solo queda mirar al futuro y esperar el milagro, pero por lo pronto me despido de Dream Theater, con el dulce recuerdo de aquello que la banda una vez fue.

Universo ecléctico - Recital Stick Men 12/03/2010

Se comienza a percibir ya el movimiento detrás de los telones del escenario, leves indicios que llenan el ambiente de una sofocante sensación de inminencia. La gente, expectante, cesa de respirar y fija su mirada en los instrumentos, prolijamente dispuestos en forma semicircular. Las luces de las consolas titilan, hipnotizando al nervioso público, cuyo ritmo cardíaco se desboca ante el menor chasquido. De pronto, unas siluetas se vislumbran, recorriendo uno de los extremos del escenario. La oscuridad no permite distinguir sus caras, pero para las personas que allí se hayan esto no es en absoluto necesario. En perfecta sincronía estallan en una ensordecedora ovación que llena cada rincón del teatro. Sus caras evidencian la absoluta explosión de sentimientos que se produce en el interior de cada uno de ellos. Stick Men, el último conjunto del maestro Tony Levin, se encuentra ya frente a su público amado, listo para sumergir el ambiente dentro de un mundo de eclecticismo y vanguardia.
La banda cuenta con una alineación única en el mundo: dos sticks y una batería. Modesto, opinarían muchos, cegados por la ingenuidad. La realidad es que la amplitud expresiva de este inusual instrumento (creado por el luthier Emmett Chapman en el año 1969) es apabullante. Aún más, este asombroso potencial se intensifica cuando el instrumento se encuentra en manos expertas, como es el caso del legendario Tony Levin y su aprendiz, el joven Michael Bernier. Incluso la batería adquiere dimensiones únicas cuando detrás de ella se encuentra Pat Mastelotto, mítico baterista de King Crimson, quien se vale tanto de la batería acústica como de la eléctrica para generar espirales polirrítmicas de enorme complejidad. La historia de esta agrupación comienza en el año 2007, con la publicación del disco solista de Tony Levin, titulado Stick Man, y en el cual Mastelotto se hace cargo de la sección rítmica. Las composiciones fueron hechas con el objetivo de mostrarle al público la infinidad de posibilidades que ofrece el stick al músico. Además reflejan el profuso amor que tiene Levin por el instrumento, relación cuyo génesis se remonta a los años ’70 cuando el bajista se encontraba formando parte de la banda de Peter Gabriel. Michael Bernier, un excelente stickista y multiinstrumentista, se unió a la banda para formar parte de la alineación que recorrió el mundo en los años 2008-09. El trío se ha consolidado con el paso del tiempo, componiendo sus propios temas y creando una identidad única en el mundo.
La música comienza a sonar. Un cucú disonante, ejecutado por el stick de Bernier, marca la hora de inicio. Rápidamente la batería se le acopla, acompañando la bienvenida con una ambientación electrónica. Por último, Levin se une al conjunto, robótico y violento. Continuando con el legado que King Crimson otorgó al mundo durante los últimos 40 años, la música comienza a desenvolverse, ecléctica y futurística, haciendo honor al comentario que Bill Bruford hacía en el año ‘95: “Cuando quieres escuchar hacia adonde irá la música en el futuro, pones un álbum de King Crimson”. La explosión sonora que producen estos músicos deja sin palabras al público, que sigue cada movimiento con absoluto detalle.
El rol de cada músico queda rápidamente en evidencia. Levin dirije, restringiéndose por lo general a las frecuencias más bajas de su instrumento, demostrando que aún hoy su verdadero lugar dentro de una banda es el del bajista. Bernier por otro lado se divierte paseando sus manos por la totalidad del instrumento y explorando las diversas formas en las que puede extraerle sonido, por momentos elaborando riffs rockeros, para luego cambiar bruscamente y abordar su instrumento de forma más sinfónica, generando bellas melodías a partir de un arco de violín.
A continuación, la banda nos ofrece Sasquatch, una de sus recientes composiciones. El tema comienza con varias capaz de stick entrelazándose y construyendo estructuras cíclicas. El aire detrás de la obra es muy similar al encontrado en el famoso disco Discipline, considerado como la introducción del stick al mundo del rock. Del mismo modo, el tema explora todo el rango y sonoridad del instrumento, plagado de una atmósfera llena de matices y variaciones. Al finalizar este experimento sonoro, el escenario se tiñe de un tono rojizo intenso y el ambiente se torna intensamente endiablado. Todo está listo para la llegada del rey carmesí. Éste se quita la galera y se presenta a sí mismo con los primeros acordes desgarrantes de Red. Ante la locura del público el tema se desarrolla de forma majestuosa, destruyendo las diferencias entre consonancia y disonancia. El recinto se ve a si mismo sobrecargado de caos cuando estos tres músicos reproducen con total fidelidad una de las obras más importantes de la historia del rock progresivo. El resultado es una imparable e inmensa avalancha de sonido, como si los tres músicos estarían recibiendo ayuda de una enorme hueste de seres infernales.
Al concluir el tributo, Levin se dirige al público con un esforzado castellano. Con una devoción total por su público, agradece a todos por su presencia y expresa su amor por el país al llamarlo “la segunda casa de King Crimson”. A continuación desatan otra de sus nuevas creaciones, titulada Inside the red pyramid, en la cual Bernier describe paisajes egipcios con su arco, mientras que Levin con un bajo poderoso sienta las bases de una rítmica delirante. En sus manos, un simple 4/4 puede convertirse en una osadía temporal, plagada de contrapuntos e ilusiones rítmicas. Por suerte para él, Mastelotto es capaz de disociar totalmente su cuerpo y dominar los cambios de ritmo con total maestría, como un auténtico hijo perdido del dios Chronos.
La música por momentos adopta un carácter armónico fuertemente basado en el idioma del jazz, desplegando influencias tanto del free como de la música fusión. Las voces recitadas lo asemejan aún más a la obra del legendario Frank Zappa. Mientras tanto las manos de Bernier parecen adoptar la movilidad de una araña. Sus ocho dedos recorren toda la longitud del instrumento, esquizofrénicas, pero bajo absoluto control de su portador. Las manos de Levin también van y vienen, pero parecen moverse con total libertad, como si estuviesen en modo automático. La disociación es tal que uno no sabe si el músico tiene consciencia ni control sobre lo que está realizando. Sea como fuere, el resultado es asombroso. Ayudados por la percusión electrónica y una batería de efectos, el trío amplía a la décima potencia sus posibilidades de expresión.
Llega finalmente el momento de la individualidad. Bernier toma el primer lugar, desplegando hermosas melodías con su arco y haciendo un uso excepcional de los loops (similar a las actuaciones del famoso stickista argentino Guillermo Cides). Suavemente una pieza bella va naciendo. De su instrumento emerge el canto de una grulla perdida en una planicie de oriente, que luego se convierte con rapidez en un intrincado paisaje virtuoso, pero que aún retiene su potencial estético. La pieza se esfuma en el tiempo, y Levin se asoma a reemplazar a su discípulo. Con la convicción de que puede y quiere ser el supremo iconoclasta, desarrolla una música muy a su estilo propio, compleja tanto en rítmica como en armonía. Finalmente nos quedamos a solas con Mastelotto y su arsenal electrónico. De forma progresiva, va desatando ritmos programados y desplegando toda su técnica sobre ellos. Sus compañeros se le suman en la búsqueda musical, con Bernier estrenando su voz en lo que finalmente termina siendo Scarlet wheel, otra composición nueva de la banda. La música es poderosamente introspectiva, lo cual da ganas de simplemente cerrar los ojos y flotar por el espacio-tiempo.
A nosotros nos encanta improvisar”, dice Levin con un castellano atravesado, demostrando ser un verdadero alumno de la escuela Fripp. Dicho y hecho, el trío se embarca en un elaborado jam, en el cual Mastelotto se luce con un dominio de los ritmos alucinante. La música se desarrolla carente de todo tipo de marco o contexto, explorando la absoluta libertad. Por momentos uno puede imaginarse que se encuentra frente a un conjunto de robots que interpretan una “sinfonía industrial”.
Luego de la experimentación, la banda se propone descubrir la respuesta a una pregunta que atormenta a varios de nosotros: “¿Como sonaría la música de Bach si hubiera nacido 350 años más tarde y hubiese sido fan de Weather Report?”. Y les aseguro que el tema Fugue es sin duda la respuesta correcta, una pieza que todo amante de la música se encuentra en la obligación de oir.
Una atmósfera densa y oscura abre paso al tan esperado Firebird suite, con ambos stickistas aferrándose a sus respectivos arcos. La música agresiva y sumamente percusiva de Stravinsky es el marco perfecto para desatar la furia artística de la banda. Esta obra que en su momento catapultó a la gloria internacional al joven compositor ruso, narra la leyenda folklórica del pájaro de fuego, un ser cuyas plumas cambiaban constantemente de color y que era tanto una bendición como una maldición para su captor. Del mismo modo que la historia, la obra presenta cambios bruscamente disonantes y variaciones constantes de matices. Las cuatro secciones de las que está formada la obra conforman en mi opinión, el punto más alto de su actuación.
Luego de entregar un tema más, la banda se despide de su público, pero es traído nuevamente al escenario por una ensordecedora ovación. Con dos temas más bajo la manga, los músicos se embarcan nuevamente en el desafío estructural que marca cada una de sus presentaciones. Nos permiten adentrarnos unos momentos más en aquel mundo paralelo que construyen día a día, en el cual las métricas fluyen intercambiables en un mar de libertades armónicas. Cuando ya estaban despidiéndose nuevamente, Levin recuerda que faltaba todavía algo más. Sale corriendo a agarrar su stick y comienza a tocar un riff conocido por todos. El excelente Elephant talk resulta ser el cierre perfecto para semejante velada. Un regalo que el público argentino, habitantes de la segunda casa de King Crimson, agradecerá eternamente.

08 marzo, 2010

Stephen Nachmanovitch – Free Play: La Improvisación en la Vida y en el Arte

Debo admitir que este no es el tipo de libros que leo usualmente. Estoy acostumbrado a otro tipo de lectura, más concreta y racional. La literatura filosófica siempre fue un enigma para mí, quizás porque me es mucho más fácil centrarme en la información que transmite una oración, y no tanto en cómo lo hace. Fue una grata sorpresa entonces para mí, descubrir las riquezas literarias de este libro.
Stephen Nachmanovitch nos provee con este libro un manual para alcanzar la libertad de expresión. Conocido en el ambiente musical por sus recitales improvisados en su instrumento, el violín, y en el ambiente filosófico por sus clases sobre libertad espiritual, el escritor sintetiza en este libro todo el conocimiento que tiene para ofrecer al mundo. Los argumentos se desarrollan con un dominio del tema que deja pasmado a cualquiera, fundamentando sus ideas con abundante información musical, filosófica, psicológica y científica. Además, resulta ser un amplio conocedor tanto de la cultura oriental como de la occidental, narrando numerosos cuentos folklóricos, hechos históricos y leyendas.
La creación espontánea surge de lo más profundo del ser”, afirma la introducción, y durante toda la duración del libro Stephen buscará ofrecer aquellas herramientas que permiten desbaratar los bloqueos mentales y lograr así recobrar la inocencia creativa del niño. Pura, auténtica y preciosa. Según él, la verdadera creación presenta las características de un organismo vivo, una simetría estructural y una autosustentabilidad, y es la improvisación el medio que logra derrumbar las ficticias divisiones entre vida y arte. Es necesario sin embargo, alcanzar ese estado de perfecta introspección que permita la producción de arte que sea genuina. Es por esto que el viaje para aprender a crear es en realidad un viaje místico y espiritual, un viaje a lo más profundo de nosotros mismos. Aquella travesía que nos permita crear aquello que es nuestro para crear.
La improvisación, nos cuenta el autor, no es algo reservado para unos pocos. Al fin y al cabo, “…toda conversación es una forma de jazz”, en la cual debemos constantemente amoldarnos a los parámetros estructurales del diálogo y crear algo que refleje nuestra mente de forma precisa y a la vez auténtica. De la misma forma, debemos liberarnos de las presiones creativas, los fantasmas que juzgan y los miedos personales con tal de poder explayar nuestra esencia sobre todo aquello que hacemos, sea arte o no. Al dejar caer los velos de las preconcepciones nos vemos literalmente empujados al momento presente, y somos libres para explorar la existencia misma a través del ímpetu creativo, convirtiéndonos así en uno solo con los alrededores, desapareciendo como tales.
El libro es un manifiesto que resalta el poder del arte en la vida del hombre, un valor que se ha perdido en la actualidad. En clara semejanza con la visión renacentista del arte, Nachmanovitch cree que el arte es una de las cualidades supremas del ser, y lo considera un remedio (el único quizás) para salvar a la humanidad de la mediocridad en la cual se encuentra sumergida. Siguiendo esta línea, deja en evidencia realidades tétricas como ser el “[énfasis] en el producto a expensas del proceso”, o el culto ferviente de lo efímero; realidades que limitan la existencia del hombre moderno.
Como solución a esto, todo individuo debe madurar como persona para liberar el artista contenido adentro. Al conocernos a nosotros mismos, somos capaces de reflejar nuestra mente en la creación, no de forma espléndida ni original, sino de forma auténtica, que es al fin y al cabo la única forma que importa. Sólo de esa forma hallaremos paz y habremos logrado en el proceso, conocernos a nosotros mismos.
Un libro espectacular para todo aquél que cree en la magia del arte y busca desesperadamente un viaje para encontrarse consigo mismo. Toda persona puede disfrutar profundamente de este viaje, ya que si bien no todo es arte, el arte forma parte de todo.