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19 septiembre, 2010

Breve historia de una industria

Diciembre, 1877. Un hombre joven ingresa en las oficinas de la Asociación Científica Americana con un extraño aparatejo bajo el brazo. Sutilmente se abre paso hasta el escritorio principal en donde, ante la vista de todos los ahí presentes, deposita la pequeña e inofensiva máquina de color oscuro. Sin ningún tipo de preámbulo, da vuelta a la minúscula manivela con aquella seguridad que se apodera del hombre cuando éste actúa guiado por el destino. La insignificante máquina entonces, con una voz estridente y distorsionada, se presenta a si misma: “Buenos días. ¿Como están? ¿Les gusta el fonógrafo?” De más esta decir que, haciendo gala de tan singular presentación, la patente fue otorgada de forma inmediata al señor Thomas Alva Edison. A partir de ese día, la música pasaría a ocupar no sólo tiempo, sino también espacio.
Como suele ocurrir en este tipo de ocasiones, el inventor fue completamente inconsciente de las consecuencias que su obra derramaría por sobre las sociedades. Inmerso en un mundo de leyes físicas y materiales conductores, el visionario emprendedor alcanzaba únicamente a entrever una mejoría en el sistema de telégrafos. La gente, igualmente ingenua, se agolpaba frente a los primeros fonógrafos parlantes en las plazas y escuchaba una reproducción de su propia voz grabada segundos atrás, todo por el módico precio de un centavo. Sin embargo, una profunda conmoción se estaba gestando, y pasaría poco antes de que el mundo se arrodille ante sus consecuencias. Quizás la única persona consciente de ello en aquel entonces fue el compositor Arthur Sullivan, quien en 1888 luego de presenciar como su propia voz era condensada en un cilindro de cera y posteriormente imitada a la perfección por una simple aguja y un cono, se acercó a Edison con el ceño fruncido, y dijo con total seriedad una afirmación que aún hoy en día mueve a la reflexión: “Estoy aterrado ante el pensamiento de que tanta música mala y deleznable pueda ser conservada en discos para siempre.”
Sus sospechas fueron confirmadas de inmediato. Los materiales de grabación se volvieron más sólidos y fáciles de manipular, las grabaciones cobraron mayor longitud y mejor calidad. Tan solo 10 años luego de que Edison diera el puntapié inicial, se creaba en Filadelfia la American Graphophone Company, empresa que se convertiría posteriormente en Columbia Records. La fabricación de gramófonos comenzaría tímidamente, con una producción de unas 3 o 4 máquinas por día que realizaban en su tiempo libre los trabajadores de una fábrica de máquinas de coser. Este tipo de situaciones que hoy en día nos llegan como anécdotas de un mundo casi surreal, eran típicas de finales del siglo XIX, época en la que la reproducibilidad de la música era algo más cercano al ocultismo que a la vida civilizada, concepción que le valió a Edison el sobrenombre de “el mago de Menlo Park”, lugar en que se encontraba su residencia.
Pronto se descubrirían las ventajas de fabricación y almacenado que el disco presentaba frente a los cilindros. Su invención, a cargo de Emile Berliner, iría de la mano de la creación de la Deutsche Grammophon, compañía germana pionera en la industria musical, que comenzaría vendiendo sus discos en jugueterías para luego ampliarse y ofrecer su mercadería también en bicicleterías (bicicletas en verano y discos en invierno, era el slogan). El nuevo siglo vería el nacimiento de los primeros artistas en consolidarse a través de la venta de discos. El tenor italiano Enrico Caruso, y el cantante afro americano George Washington Johnson destacaron de aquella camada inicial que demostró al mundo el potencial ilimitado que la naciente industria poseía. Sin embargo, sus detractores aún podían encontrarse por doquier. El cantante de ópera Feodor Chaliapin demoró años en firmar un contrato discográfico por miedo a perder la voz cuando ésta fuera grabada; mientras que el director de orquesta Otto Klemperer opinaba que “escuchar un disco es como acostarse con una fotografía de una bella mujer”.
En los años ’20 los avances en la tecnología radiofónica se alzaron como un serio peligro para la industria discográfica, aunque finalmente ambos enfoques pudieron dejar de lado sus diferencias y estrechar sus manos en signo de pacífica colaboración. 1925 fue el año de comercialización de los primeros discos grabados de forma digital, y ya para 1927 se lanzaba la primera película sonora, The Jazz Singer. Acoplados al creciente desarrollo técnico, los récords de ventas se batían año tras año, a medida que artistas de la talla de Louis Armstrong, Bessie Smith y Benny Goodman dejaban su música plasmada para la eternidad. Se podría señalar a este momento como la verdadera transición que convirtió a la industria de la grabación en la verdadera industria de la música.
Pronto llegaría el vinilo y los equipos económicos de reproducción, el boom de ventas de la posguerra, los primeros discos de oro y la consolidación de los formatos LP y EP. La invención de las cintas magnéticas no solo aumentaría exponencialmente las ventas, sino que modificaría sustancialmente la creación de la música misma, desde la músique concrète de Stockhausen al vanguardismo de Frank Zappa y el pop de The Beatles o The Beach Boys. A su vez, Les Paul, no conforme con ser el creador de la guitarra eléctrica, fabricaría también los primeros dispositivos de grabación multipista. Desde acá, el camino se torna más familiar y transitable: el sonido estereofónico, la alta fidelidad, y la llegada de los primeros walkman; cada paso se constituía como un peldaño más hacia la irremediable consolidación institucional.
Sin embargo, y como tantas veces en la historia de esta peculiar industria, la revolución se encontraba a la vuelta de la esquina. En 1981, y luego de casi seis años de arduo trabajo que culminaron en un esfuerzo en conjunto de las compañías Sony y Philips, se realizó la primera prueba oficial del disco compacto, siendo la Sinfonía Alpina de Richard Strauss la homenajeada. Al año siguiente, el mercado se vería inundado de Cds, entre los cuales destacaron instantáneamente las producciones de ABBA, Billy Joel y The Bee Gees, que conformaron el equivalente al Big Bang del audio digital. Ya para 1985 la gente quedaba anonadada frente a la venta de un millón de copias del Brothers in Arms de Dire Straits, suma que hoy en día resultaría prácticamente ridícula frente a los más de 50 millones de Thrillers que habitan las discotecas hogareñas de todo el mundo. La vorágine de consumición y renovación había finalmente inundado (y contaminado) al mundo de la música.
Las consecuencias de esta tendencia son predecibles. Las discográficas comenzaron a funcionar como las inmensas compañías transnacionales que antaño plagaban únicamente la explotación de recursos naturales, las telecomunicaciones o la producción alimenticia. Es así como se instauró la especulación económica y la concepción del arte como mero intermediario a la obtención de dinero, necesariamente acoplado a la manipulación de las masas vía bombardeos propagandísticos. La tendencia globalizadora (64 de los 67 discos más vendidos de la historia provienen de ex – miembros del Commonwealth británico) no haría más que perjudicar la voz musical de los pueblos, cuyas bandas y productoras no podían competir en el mercado contra los despiadados gigantes. Este manejo inescrupuloso a su vez afectó de forma sustancial la propia creación musical. Los casos de artistas atropellados por la industria son infinitos, aunque el punto preciso en el que las compañías se convirtieron en el “malo de la película” es difícil de señalar.
La premisa “todo gran artista tuvo en algún momento un choque con su discográfica” es absolutamente irrefutable. Bandas obligadas a cumplir con plazos de lanzamiento, censuradas y reencausadas en direcciones más ortodoxas (y más rentables también), limitadas en su libre expresión y comportamiento, amenazadas y muchas veces dejadas de lado. Como bien decía Frank Zappa en su representación en vivo del tema Titties & beer, para muchos artistas tener un contrato con una compañía discográfica (en este caso Warner Bros.) era literalmente estar atravesando los fuegos del infierno.
Sin embargo, los signos de lucha y rebelión podrían impregnar anales completos de historia musical. Quizás un ejemplo conmovedor es el caso protagonizado por la banda inglesa Henry Cow a mediados de los años ‘70. De un día para el otro vieron como su contrato con Virgin Records era cancelado ya que no le resultaban rentable a la compañía. Frustrados, emprendieron una gira autofinanciada por Europa, durante la cual conocieron muchas bandas con un mismo espíritu… y unos mismos problemas. Decididos a hacer que el mundo escuche su voz, organizaron en 1978 el recital Rock in Opposition (RIO), que evolucionó hacia un colectivo de bandas unidas en su oposición a la industria de la música y las presiones que comprometen la expresión musical. El RIO es aún hoy en día un género de música vanguardista y ecléctica, que retiene aquella esencia y aquel combustible belicoso original.
Pronto se le sumarían las corrientes Do it Yourself (DIY) que tan explícitamente instalaron los movimientos punks. Comenzarían lentamente a nacer también las discográficas independientes, destinadas a captar aquella música dejada de lado para venderla de forma módica a los pequeños grupos de inconformistas. Pero pronto, la industria sufriría una nueva revolución, y esta vez no sería a su favor.
Internet - Caída en las ventas de discos del 25% - 12 billones de pérdidas anuales - Posible causa de suicidio de más de un director general. Nuevamente, y como había ocurrido ya en 1877, la motivación había sido totalmente ingenua: poder compartir música con amigos. Sin embargo el resultado fue Napster; y las consecuencias, masivas. Tan solo operó durante poco más de dos años, al final de los cuales había acumulado demandas de Metallica, Madonna y Dr. Dre. Las grandes empresas no estaban de acuerdo con ver como millones de personas conseguían sus productos de forma gratuita, y Napster se vio obligado a cerrar sus puertas. Muchos otros llegaron para suplantarlo, y sus clientes se multiplicaron a todo lo largo y ancho del globo. Nuevas medidas fueron tomadas, esta vez contra usuarios particulares, pero a pesar de todos los intentos el fenómeno se les escapaba de las manos. Por primera vez en más de un siglo, los empresarios veían como perdían el control del flujo de la música, y la visión los horrorizaba.
Pero no era únicamente el público el que se les escurría entre los puños, sino también las bandas. Con las mejoras tecnológicas en términos de grabación, y la universalidad de la PC y la web, los músicos descubrieron que ya no dependían de las compañías, los productores ni los ingenieros para hacer ni distribuir su arte. Utilizando las plataformas P2P y las ventajas de páginas como YouTube o MySpace, cualquiera podía volverse famoso de la noche a la mañana, sin necesidad de contratos engorrosos y abusivos, ni compañías moldeadoras y succionadoras. Bandas como System of a Down comenzaron a fomentar la descarga de su propia música, aludiendo al hecho en el nombre de su disco Steal this Album. Otros, como Radiohead o Anathema, cansados de la burocracia decidieron comenzar a “colgar” sus discos online, disponibles para descargar de forma gratuita o donando una cantidad de dinero a disposición del comprador. No son pocos los que han descubierto tarde los poderes de la web, grupo al que se sumó recientemente Lars Ulrich (baterista de Metallica), luego de apoyar abiertamente la descarga de su música en el documental Global Metal.
La revolución cibernética ha modificado completamente las reglas del juego, alterando los niveles de poder de los participantes involucrados. Los contratos se vuelven más laxos, a medida que los artistas dependen cada vez más del merchandising y los recitales en vivo para subsistir. Además, la descarga legal de música (implementada con el debut del iTunes Store en el año 2003) ha alcanzado niveles impensados por aquellos que sobrevivieron a la crisis de Napster. Hoy en día más de un cuarto de toda la música se vende por internet. Si bien aún no termina de compensar las mermas producidas en las ventas de Cds, abre la puerta para el desarrollo en un futuro no muy lejano de una nueva y distinta interacción entre las bandas, las discográficas y el público.
En la actualidad nos encontramos frente a una industria que no consigue recomponer su paradigma. Luchando incómoda entre las ventajas y las desventajas de la red, no encuentra la manera de volver a ser la reina del juego. El advenimiento de la cibernética ha destruido aquellos dos preceptos sobre los cuales había construido todo su poderío; hoy por hoy la música no necesariamente cuesta dinero, y no necesariamente ocupa espacio. Quizás sea el momento oportuno para volver el tiempo atrás y recuperar aquella romántica ingenuidad del pasado, en donde uno podía adquirir el último trabajo de Al Jolson mientras le inflaban la rueda trasera de la bicicleta. Quizás la internet posea ese poder, esa capacidad de restituir el halo místico y puro que antaño poseía la música; al fin y al cabo, si podemos escuchar en nuestros parlantes aquella primera grabación de Mary had a little lamb, cantada por el mismísimo Edison, puede que algo de su antigua magia todavía exista.

21 febrero, 2010

La absoluta libertad del ser

En China inventaron una nueva flauta. Un maestro de música descubrió las sutiles bellezas de su tono y la llevó a su país, donde dio conciertos por todas partes. Una noche se reunió con una comunidad de músicos y amantes de la música que vivían en cierta ciudad. Al final del concierto lo invitaron a tocar. Sacó la flauta nueva y tocó una pieza. Cuando terminó hubo silencio en la habitación durante un largo rato. Luego se oyó la voz del más viejo de los presentes desde el fondo del salón: “¡Como un dios!”.
Al día siguiente, mientras este maestro hacía las maletas para marcharse, los músicos se le acercaron y le preguntaron cuánto se tardaría en aprender a tocar la nueva flauta. “Años”, respondió. Le preguntaron si tomaría un alumno y respondió que sí. Cuando se fue, los músicos decidieron entre ellos enviarle a un joven, un flautista brillantemente talentoso, sensible a la belleza, diligente y confiable. Le dieron dinero para vivir y para pagar las clases del maestro y lo enviaron a la capital, donde aquél vivía.
El alumno llegó y fue aceptado por el maestro, quien le dio una sola melodía simple para tocar. Al principio el alumno recibió instrucción sistemática, pero aprendía con facilidad todos los problemas técnicos. Llegaba para la clase diaria, se sentaba y tocaba la melodía… y el maestro sólo podía decir: “Falta algo”. El alumno se esforzaba de todas las formas posibles; practicaba horas y horas, pero día tras día, semana tras semana, todo lo que el maestro decía era “falta algo”. El alumno pidió al maestro que cambiara la melodía, pero el maestro se negó. La ejecución diaria de la melodía, y la diaria respuesta “falta algo” continuaron durante meses. La esperanza de éxito del alumno y su miedo al fracaso se intensificaban, y oscilaba entre la agitación y el abatimiento.
Finalmente ya no pudo seguir soportando la frustración. Una noche hizo la maleta y huyó sigilosamente. Siguió viviendo un tiempo más en la capital, hasta que se quedó sin dinero. Empezó a beber. Por fin, ya en la miseria, volvió a su tierra natal. Como le daba vergüenza mostrar la cara a sus colegas, encontró una casa en el campo. Todavía poseía sus flautas, todavía tocaba, pero no encontraba nueva inspiración en la música. Los granjeros que pasaban lo oyeron tocar y le enviaron a sus hijos para que les enseñara los rudimentos. De esa manera vivió durante años.
Una mañana alguien golpeó a su puerta. Era el virtuoso más viejo del pueblo, junto con el más joven de los estudiantes. Le dijeron que esa noche darían un concierto, y que todos habían decidido que no se haría sin su presencia. Con cierto esfuerzo vencieron los sentimientos de miedo y vergüenza del músico, quien casi en trance tomó su flauta y fue con ellos.
Comenzó el concierto. Mientras el músico esperaba detrás del escenario nadie interrumpió su silencio interior. Por fin, al final del concierto, lo llamaron al escenario. Se presentó con sus ropas harapientas. Miró su flauta que tenía en las manos: descubrió que había elegido la flauta nueva.
Entonces se dio cuenta de que no tenía nada que ganar ni nada que perder. Se sentó y tocó la misma melodía que había tocado tantas veces para su maestro en el pasado. Cuando terminó se hizo un largo silencio. Luego se oyó la voz del más viejo, quien dijo con suavidad desde el fondo de la habitación: “¡Como un dios!”.


Cuento popular chino, originalmente tomado de Zen and the Ways, Trevor Leggett (1978)

03 febrero, 2010

El placer de Euterpe

Pocas discusiones son tan difíciles de abordar como aquellas que intentan penetrar hasta la esencia misma de algo en particular. Suelen estar plagadas de malentendidos, visiones contradictorias y caminos sin salida. No es casualidad que no haya habido ni siquiera dos filósofos sobre este mundo que hayan concordado en sus visiones de la naturaleza que los rodea. Cada uno tiene una concepción totalmente única de incluso las cosas más comunes, una estructura irrepetible, construida en base a años de aprendizaje y experiencias. Con la mayor de las sutilezas entonces, me propongo indagar las respuestas a una pregunta que ha causado dolores de cabeza a más de uno: ¿Qué es verdaderamente la música?
Un inmenso obstáculo nubla la vista en dicha dirección, y este es la complejidad que presupone contestar aquella pregunta de forma unánime. Con toda seguridad el número de respuestas distintas que hallemos será equivalente al número de personas a quienes les preguntemos. Un caso extremo es el que ya hemos discutido al hablar de la aparente dicotomía que se genera al abordar la cuestión desde el punto de vista de un músico y el de un físico. La lista de respuestas puede crecer inmensamente si se agregan a estas versiones las compartidas por sociólogos, filósofos, psicólogos, etc. Sin embargo tiene que haber un hilo conductor, una especie de intersección que siente las bases de un acuerdo interdisciplinario. Con la esperanza de que dicha solución se encuentre en la lingüística y la etimología, rodeo mi escritorio de diccionarios y enciclopedias y me sumerjo en un mundo totalmente extraño para mí.
Partamos desde los orígenes. La palabra “música” proviene del griego mousike que vendría a ser el adjetivo que significa “de las musas” y que en su forma derivada pasa a referirse al “arte de las musas”. Ahora bien, las musas eran aquellas deidades de la mitología griega que inspiraban la creación literaria y artística. La leyenda sobre su origen, así también como su número total, varía durante el transcurso de la civilización helénica. Sin embargo, se suele considerar la existencia de nueve musas, todas ellas hijas de Zeus y Mnemósine, diosa de la memoria. Cada una de ellas se hallaba relacionada a un tipo de arte, incluso la todavía artística astronomía tenía su musa propia, dedicada a iluminar las mentes de los observadores de constelaciones. De todas ellas era Euterpe, caracterizada siempre con un aulos (instrumento de viento griego), la responsable de la creación musical. Su nombre significa “la dadora de placer”. Podemos ver entonces, que ya desde los tiempos de Homero la música tenía un rol protagónica incluso dentro del círculo artístico. Mientras las demás musas poseían nombres mucho más banales (“aquella de mucho himnos”, “la melodiosa”, etc.), Euterpe era la dadora de placer, demostrando que la música tenía un poder único que las demás artes no podían equiparar. Ésta llenaba de regocijo y júbilo a todo aquel que la experimentaba. Aún más, el hecho de que música signifique “arte de las musas” la eleva aún más en jerarquía, ya que en realidad todas las artes eran inspiradas por musas, pero era únicamente la música aquella que llevaba esta relación con lo divino en su mismísimo nombre.
Dejando de lado un poco la mitología nos encontramos con definiciones dispares por doquier. La más básica de ellas es considerar a la música como el arte que utiliza sonido como medio. La simpleza de dicha afirmación es verdaderamente un arma de doble filo. Goza de total belleza, y es tan concisa que parece albergar inmensa armonía. Sin embargo, se ve un tanto sesgada por su simpleza. Su mayor problema es el de no contemplar ninguna verdadera característica de lo que es la música. Según esta definición no hacen falta notas, ritmos, ni melodías, simplemente arte fluyendo en forma de sonido. Demasiado limitado en mi opinión.
La Real Academia Española nos presenta un panorama totalmente opuesto, con cuatro definiciones, algunas de ellas demasiado pomposas. Sin embargo, aparecen conceptos muy interesantes, y que son verdaderamente claves a la hora de acercarnos un poco a lo que significa involucrarnos en una experiencia musical. Para empezar contempla a la música como la combinación de melodía, ritmo y armonía. A grandes rasgos esto es correcto, aunque en la realidad no se pueden desechar los efectos del timbre y la textura de los sonidos, de los matices y los volúmenes. De esta forma incorporamos las nociones básicas de los ladrillos que se usan para construir un edificio musical. La siguiente definición que resulta interesante dice que la música es una sucesión de sonidos modulados para recrear al oído. Esto pone en evidencia otros dos aspectos muy interesantes. El primero de ellos es la dependencia temporal. La música es un arte que fluye a través del tiempo, a diferencia por ejemplo de la pintura. El tiempo es un súbdito de la música, listo a obedecer ante las estrictas reglas rítmicas impuestas por su amo. Aún más, es precisamente la cualidad periódica de los sonidos lo que diferencia una nota de un ruido. La primera presenta una estructura temporal inmutable, su onda sonora presenta repeticiones de su forma (períodos) a un tiempo exacto. El ruido no tiene una simetría temporal, por lo tanto la información que provee no presenta importancia musical. La segunda característica a resaltar es que la música es recreación, deleite o placer, como ya bien habían descubierto los griegos. Es justamente esto lo que la convierte en una bella arte, pero ese es un terreno en el que todavía no vamos a adentrarnos. Finalmente llegamos al último punto que la Academia tiene para ofrecernos, el cual afirma: “Arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente.” En contraposición con nuestra primera definición, ésta excede totalmente lo necesario. No hace falta aclara que los sonidos pueden proveer de la voz humana o de los instrumentos, ni que la sensibilidad puede ser perturbada de forma positiva o negativa, ambas cosas redundantes y obvias. Sin embargo por primera vez vemos la hermosa palabra “combinar”, verdadera síntesis de lo que un artista hace, y por ende es la primera en contemplar la creación y no solo el producto. Además, hecha luz sobre el asunto ya discutido del deleite generado por la música. Según esta definición, el placer ocurre cuando se conmueve la sensibilidad del ser. Por ende, la música posee ahora una dirección, y esa es ir directamente a la esencia del individuo y perturbarlo. De esta forma, la música en su totalidad cobra un nuevo matiz. No sólo hemos profundizado en el aspecto sonoro, sino que hemos agregado además las etapas de creación y recepción que inevitablemente tienen que formar parte del proceso.
Otra definición (extraída esta vez de Wikipedia) habla de la música como “el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios,… mediante complejos procesos psico-anímicos.” En este sentido, la música presenta una estructura, la cual se genera de forma racional y transmite ciertas emociones. Es justamente a esta estructura necesaria para la construcción musical a la cual Goethe se refería al decir que la arquitectura es “arte congelada”. Además, la ausencia de sonido pasa a jugar un papel importante también en la música. El silencio es un arma más en el arsenal del compositor, y tiene resultados asombrosos en un obra, puede cambiarle totalmente la atmósfera o destruirle el sentido.
Es indudable que no se puede tocar este tema sin hacer referencia a la música como un lenguaje. Se cree que en sus orígenes, música y habla eran todavía una misma entidad al servicio de la comunicación. A medida que se fueron desarrollando las habilidades sociales del hombre, ambas partes tomaron distintos caminos y se consolidaron como estructuras distintas, con sus propias reglas. Sin embargo la música retiene su carácter comunicativo. Del mismo modo en que las oraciones transmiten información intelectual, las melodías son el medio de comunicación que desarrollamos para intercambiar información emotiva. De esta forma, la música presenta un medio para igualar las respuestas emotivas de un grupo de personas (ejemplos de esto se pueden ver relacionados a la guerra y las conductas antisociales, por nombrar meramente un par).
En la actualidad, los límites de lo que consideramos música están constantemente bajo el ataque de nuevos y revolucionarios compositores. No hace ni falta mencionar la tan citada obra 4,33 de John Cage, en la cual los intérpretes suben al escenario para permanecer en silencio durante cuatro minutos y medio, luego de lo cual se paran, reciben la ovación del público y se van. Visionario opinan algunos, intrascendente otros. La realidad es que ésta y otras obras parecidas no sirven un fin musical sino meramente filosófico, poniendo al descubierto un choque de paradigmas. Otro compositor iconoclasta del último siglo es Karlheinz Stockhausen, conocido entre otras cosas por componer un cuarteto de cuerdas en el cual cada instrumentista se encuentra volando en un helicóptero mientras toca. En otras de sus obras, el compositor alemán entrega una hoja con instrucciones, en lugar de partituras, en la cual se lee: “No pienses en NADA. Espera hasta que todo esté quieto dentro de ti. Cuando hayas alcanzado este estado, comienza a tocar…”. La música aleatoria, los instrumentos preparados y la incorporación de la tecnología son otros puntos críticos hoy en día, suscitando continuas disputas con respecto a la calidad musical de las composiciones que incorporan dichos recursos.
Pero con toda seguridad el cambio más brusco que se ha producido en los últimos tiempos ha sido el de la destrucción de la música como productora de placer. El gozo se ha desprendido de la música a principios del siglo XX en la música docta, seguido de cerca por corrientes similares en el jazz y el rock pocas décadas después. Hoy en día la vanguardia desecha la dulzura y amabilidad cultivadas en el pasado por las diversas corrientes artísticas, privilegiando la lucha, el caos y la furia. Terminamos este recorrido entonces de la misma forma en la que lo comenzamos, en la compañía de Euterpe, la dadora de deleite. La única diferencia es que esta vez nos hayamos en su entierro.

18 septiembre, 2009

¿Qué es la música? [Filosóficamente]

“La música es el sonido mismo de los sentimientos” – Autor desconocido
“La música es la poesía del aire” – Jean Paul Friedrich Richter


La música es una de las creaciones más exclusivas y personales del ser humano. Desde los tiempos del patriarca Jubal, padre de todos los que tocan la lira y la flauta, hasta el día de hoy, la música es en su esencia uno de los tesoros más amados por la humanidad. Generación tras generación la gente ha vivido al son de la música. Esta tendencia musical innata del hombre es la que ha despertado la curiosidad de pensadores y filósofos, siendo por algunos momentos considerada el máximo regalo de Dios, y por otros el supremo don humano. Y es que la concepción misma del arte sonoro es una absoluta contradicción. No existe expresión más pura y poderosa a la vez, capaz de atravesar la mismísima alma de las personas y moldear sus sentimientos y personalidades de forma totalmente caprichosa. La música nos da identidad, seguridad, placer y energía, al punto que Nietzsche afirma que la vida sería un error sin ella. Al mismo tiempo, es algo totalmente despreciable (desde un punto de vista absolutamente objetivo). No suple una necesidad básica ni existencial, y ni siquiera es algo que se pueda poseer. Nuevamente – con una objetividad que ralla la locura – la música es ni más ni menos que la percepción de diferencias de presión en el aire por parte de nuestro oído. ¿Entonces como puede ser que no podamos vivir sin nuestras preciadas variaciones de presión?
La realidad es que el hombre, junto con una mente privilegiada, una consciencia y un alma, ha adquirido ciertos… digámosle, caprichos. Uno de estos caprichos puede resumirse en dos palabras: armonía y balance. El ser humano no sólo busca, sino que necesita creer en un orden universal, armónico y balanceado. Un orden que describa el movimiento de los astros, que prediga el clima y que explique las interacciones entre los elementos. Algo, cualquier cosa, que nos libre de la terrible conclusión de que vivimos en un mundo caótico. Incluso la entropía, o tendencia al desorden, tiene que ser conceptualizada de forma ordenada, en principios y ecuaciones. Nuestro entorno tiene que ser pulido, de forma tal de llegar al punto de poder predecir y ver patrones en todo. Llegamos al punto de necesitar saber exactamente donde se encuentra cada una de nuestras pertenencias, y formar un mapa mental de todos los lugares que conocemos. Es que el hombre no sólo vive en el mundo, sino que se apropia del mundo. Y es durante este proceso de apropiación en que debemos transformar al caos en orden. Nos guste o no, somos seres vivos, y como tales, somos un conjunto de materia ordenada. Poseemos un cuerpo ordenado, que percibe ordenadamente su entorno mediante los sentidos; y una mente ordenada, que almacena ordenadamente recuerdos y sentimientos. Por lo tanto, es necesario que el cosmos sea ordenado, ya que sino no va a poder ser percibido ni entendido.
Es así que se crea la ciencia, aquella preciosa herramienta que más allá de explicar, trae paz a nuestros inquietos corazones. Con ella podemos adueñarnos de nuestro entorno, y exclamarle al mundo “¡Soy tu dueño, porque sé cómo funcionas!”. En este proceso de comunión casi espiritual con la existencia encontramos nuestra verdadera identidad.
Una vez que somos dueños de nuestros alrededores, podemos pasearnos felizmente por el bosque de la experimentación, que no es ni más ni menos que un juego pero con un nombre más importante. Y es a través de este juego que la música cobra vida. Nos adueñamos de las maderas y los metales, de las vibraciones y de las presiones, incluso de las moléculas de aire. A través de la música somos sus maestros, aún sin poder verlas. Las ordenamos y disponemos de ellas de la forma que queramos, las obligamos a ir y venir a nuestro antojo. Y obviamente, lo hacemos de forma tal que adopten una armonía y un balance. Un ritmo definido, palpable como el sonar de nuestros corazones, sirve de esqueleto para que podamos expresarle al universo, a través de hermosas melodías, lo que anhelamos de él. Comunicarnos con la creación misma, entrar en armonía con el cosmos, sentir la fuerza creadora de Dios recorriendo nuestro cuerpo. Tomar el mundo como elemento para entablar una conversación con él mismo, y utilizar los elementos que él nos provee para decirle como queremos que sea. La música es trascendencia, al punto tal que va más allá de las palabras que puedan llegar a intentar describirla.
Desde mi punto de vista, la humanidad jamás se acercará tanto a los cielos como lo hace a través de la música. Ni las antiguas pirámides mayas y egipcias, ni las inmensas catedrales europeas, ni los recientes rascacielos pueden alejar al hombre de su mundana vida cotidiana y transportarlo a la bóveda celestial. Y esto es porque no importa la altura a la que se encuentren nuestros cuerpos, la única forma de elevarnos como seres es viajar con el poder de nuestras almas. Y la música es ni más ni menos que una escalera celestial para el espíritu. Combinando una pureza absoluta, inhumana prácticamente, con una fuerza emotiva digna del más allá, la verdadera música es alimento para el ser. Es maná, creada para regocijo del alma.
Ahora sí podemos entender porqué aquellas ondas sonoras son tan fundamentales para nosotros, a pesar de su aparente insignificancia. Son estas vibraciones que hacen que nos comuniquemos con lo externo y lo interno a la vez, generando un vínculo único entre alma y universo, proveyéndonos de sentido e identidad. Son estas frecuencias que nos hacen comprender y experimentar tanto lo mundano como lo celestial, sirviendo de puente entre las realidades más disímiles que se puedan imaginar. Convirtiendo nuestros entornos en algo manipulable y entendible, es la música el súmmum de la curiosidad humana, siendo a través de los sentimientos que expresamos con ella que podemos racionalizar nuestra existencia.

¿Qué sería de nuestro pobre corazón miedoso si no pudiera aferrarse a estas contradictorias ondulaciones?