Mostrando las entradas con la etiqueta Recitales. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Recitales. Mostrar todas las entradas

19 marzo, 2010

Despedida de un fan - Dream Theater 13/03/2010

La llegada de Dream Theater a la Argentina generaba furor en el seno de la cultura progresiva nacional, pero en mi corazón no había lugar más que para las dudas. Los recitales que la banda había ofrecido en el año 2008 habían tenido una profunda repercusión en mí, en mi forma de ver y pensar la música. Me habían impactado de principio a fin, dejando una huella que difícilmente se borraría con el pasar de los años… o eso pensaba yo en aquel entonces. Sin embargo, dos años son mucho tiempo, y hoy puedo afirmar que aquella marca se ha diluido en gran medida. Puedo decir sin titubear que soy hoy un hombre mucho más maduro que en aquella ocasión, tanto personal como musicalmente. Creo que he llegado a un punto esencial en el desarrollo de la persona, y lo he atravesado. Un punto que, citando a Kansas, se podría definir como el “Point of Know Return”, aprovechando el juego de palabras. Los años han pasado, la experiencia y el conocimiento han aumentado, y uno ya no puede volver atrás y cultivar nuevamente ese fanatismo ingenuo del pasado. Uno no puede vivir más de las opiniones de los demás ni ser condecente ni seguir de forma ciega al rebaño. ¿Tiene sentido comprar la entrada para ver una banda cuyos últimos 2 discos me resultan insípidos; una banda que se mantiene alimentada únicamente de un virtuosismo egocéntrico y cuya actitud hacia la música es artificial y vacía? Un gran dilema. Luego de mucho meditar llegué a la conclusión de que no había nada que perder, incluso podía llegar a confirmar de forma personal aquello que la música transmitía a la lejanía.
Llegué al estadio cuando ya sonaban los psicodélicos y estridentes acordes de Bigelf, y me sentí velozmente transportado a la segunda mitad de los años ’60. La banda se mostró a si misma como una máquina del tiempo, personificando en el presente los excesos típicos de una época que hace mucho ha cesado de existir. Su sonido se podría describir como similar al del Pink Floyd de Barrett, pero desde un punto de vista más cercano al hard rock de los primeros discos de Sabbath o Purple (por momentos me hacía acordar a la banda estadounidense Astra, de corte muy similar), añadiendo a la mezcla un virtuosismo y nivel técnico más típico de la modernidad. La banda resultó ser una grata sorpresa, otorgando al público varias de sus retorcidas composiciones, que muchas veces hacían uso de una locura lúgubre, acercándose peligrosamente al movimiento doom (que dicho sea de paso es el nombre de su primer EP, Closer to doom). La agrupación, que estuvo presente en la alineación del festival Progressive Nation del 2009, tuvo una buena conexión con el público local, el cual reconoció con emoción su performance con una fuerte despedida.
Finalmente el momento de la verdad había llegado. Luego de apagarse las luces comenzó a sonar la misma intro con la cual la banda se había presentado 2 años antes, verdaderamente una señal de mal augurio. Como era de esperar, el recital comenzó con los dos primeros temas del último disco, A nightmare to remember y A rite of passage. La calidad del sonido mostró sus falencias desde el comienzo, lo cual perjudicó especialmente a Myung (como es costumbre ya) y a Rudess, y teñiría el recital durante toda su duración, hechando a perder secciones que de otra forma hubiesen sido mucho más interesantes. LaBrie comenzó cantando como si tuviese un megáfono en vez de un micrófono, con un sonido muy raro y distorsionado. A pesar de esto debo de admitir que me sorprendió su actuación, mostrándose muy preciso casi siempre (excepto especialmente en ciertos agudos de In the name of God) y realizando ciertos arreglos muy interesantes. Petrucci demostró desde el inicio que es un ser impenetrable, tanto musicalmente como personalmente. Sus solos técnicos sonaban casi tan interesantes como su cara de pocos amigos. Tengo una teoría que dice que a medida que sus bíceps crecen de forma artificial, su personalidad decrece proporcionalmente. Sería interesante ponerla a prueba. Del otro lado del escenario Myung movía sus dedos de forma veloz y precisa, sin que un solo sonido saliera de su bajo. Rudess giraba obsesivamente alrededor de su pie móvil, casi sin prestarle atención a aquello que estaba tocando. Sin embargo interpretó un solo que debo admitir, me dejó totalmente boquiabierto. La primera vez que le presté atención a Portnoy se encontraba realizando una desagradable mezcla entre rap y death grunt, lo cual me dejó muy poco conforme.
Más allá de las criticas personales, la música me resultó (tal cual lo esperaba) tremendamente tediosa. Su progresividad se asienta sobre bases totalmente artificiales, y la banda se retroalimenta de virtuosismos personales completamente egocéntricos y hedonistas, convirtiendo cada solo en un evento cuasi masturbatorio. La longitud de los temas es totalmente indebida en proporción a su contenido, y los desarrollos siguen estructuras repetidas hasta el hartazgo y exploradas en demasía en el pasado. Incluso las líneas vocales se han reducido a meros vómitos vocales monotonales y con fines meramente percusivos (claro ejemplo de esto es el primer minuto y medio de A rite of passage). La banda ha perdido todo su lado melódico, exterminando lo poco que quedaba de influencia sinfónica y sentando las bases de un progresivo moderno inconsistente.
Hasta este momento todo era más que predecible, pero estaba a punto de recibir un golpe que no me esperaba. Se imaginarán la sorpresa que me llevé cuando, al sacar la vista del escenario, me topo con un público eufórico cantando los temas desde lo más profundo de sus almas. Realmente a pocos parecía importarle todo aquello que mi mente no podía parar de notar. En un momento casi me paro y grito “¿Acaso no se dan cuenta que estamos leyendo una carta de suicidio?”. Pronto me di cuenta que mi intento iba a resultar inútil. Dejé a la gente disfrutando de su felicidad, mientras yo me preguntaba cómo podía ser que una banda buscara con tanta tenacidad que perdiera noción de aquello que se había propuesto encontrar.
Como una brisa de aire fresco, recibí el tema Hollow years, que a pesar de encontrarse en un disco intrascendente es un tema para tener en cuenta. El mismo se vio decorado por un solo de guitarra y uno de teclado, funcionando como prólogo y epílogo respectivamente. Petrucci utilizó su momento para recuperar algo de humanidad, mientras que Rudess comenzó desperdiciando el suyo más preocupado por sus artefactos que por la música que generaban. De todas formas pudo recuperarse y hacer brillar cada nota de su interpretación con un talento espectacular. Esto confirma otra de mis sospechas: Rudess no es más que una víctima del régimen maligno que el capitán Portnoy y su lugarteniente Petrucci han impuesto en la banda, un crimen del que tanto el talentoso tecladista como el silencioso bajista son víctimas. A pesar de esto, se pudo comprobar de forma práctica y veraz la diferencia de calidad intrínseca que separa a los temas nuevos de los viejos, los cuales al tener bases sólidas permiten una libertad de improvisación mucho mayor.
A continuación la banda intentó ofrecer Prophets of war, tema que fue desechado por la totalidad del público, que lentamente parecía despertar y comprobar la farsa con sus propios ojos. Cuando la ceguera comenzaba a desaparecer y las caras se tornaban cada vez más largas, la banda se vio forzada a recurrir a una estrategia drástica, e interpretó The dance of eternity, de cuyas garras poderosas ni yo pude resistir. Para consolidar el terreno ganado, el setlist continuó con One last time y Spirit carries on para conformar un triplete del Scenes from a Memory que cambió totalmente el ambiente que se vivía en el recinto. La gente explotó en la más genuina demostración de aprobación ante los temas que se le estaban ofreciendo, gritando y vitoreando a todo pulmón. Nuevamente me encontré inundado de felicidad al escuchar las primeras notas de In the name of God, tema que terminó de desatar la locura en el estadio.
Sin embargo la fachada se desarmó y rodó por el piso al comenzar The count of Tuscany. El viaje por el pasado resultó delicioso, pero lamentablemente debíamos afrontar la realidad antes de que el show culminara. Cada uno de los 19 minutos del tema me resultó interminable. Repetitivo, aburrido, insulso, vacío… no se me ocurre un solo adjetivo positivo que pueda describir esta obra. De nuevo nos hallábamos frente a la estructuralización y vacío inspirativo del cual el disco Black Clouds & Silver Linings es prácticamente una clínica. Hasta la tapa del disco carece de sentido, del mismo modo que su contenido no es más que un rejunte de elementos que viola rotundamente la ley que afirma que “el todo es más que la suma de las partes”. Tan patético es el disco que Petrucci tuvo que pedirle al público que lo aplaudan luego de realizar uno de sus solos. La artificialidad llevada al extremo, o como dice un amigo “la espectacularidad como fin y no como medio”. De pronto, luego de 1 hora y 45 minutos, la música se había ido tan efímeramente como había llegado.
Lo poco de aquella antigua marca que la banda había hecho en mí había sido definitivamente borrada. No son palabras que me sean fáciles redactar, pero son ciertas. Solo queda mirar al futuro y esperar el milagro, pero por lo pronto me despido de Dream Theater, con el dulce recuerdo de aquello que la banda una vez fue.

Universo ecléctico - Recital Stick Men 12/03/2010

Se comienza a percibir ya el movimiento detrás de los telones del escenario, leves indicios que llenan el ambiente de una sofocante sensación de inminencia. La gente, expectante, cesa de respirar y fija su mirada en los instrumentos, prolijamente dispuestos en forma semicircular. Las luces de las consolas titilan, hipnotizando al nervioso público, cuyo ritmo cardíaco se desboca ante el menor chasquido. De pronto, unas siluetas se vislumbran, recorriendo uno de los extremos del escenario. La oscuridad no permite distinguir sus caras, pero para las personas que allí se hayan esto no es en absoluto necesario. En perfecta sincronía estallan en una ensordecedora ovación que llena cada rincón del teatro. Sus caras evidencian la absoluta explosión de sentimientos que se produce en el interior de cada uno de ellos. Stick Men, el último conjunto del maestro Tony Levin, se encuentra ya frente a su público amado, listo para sumergir el ambiente dentro de un mundo de eclecticismo y vanguardia.
La banda cuenta con una alineación única en el mundo: dos sticks y una batería. Modesto, opinarían muchos, cegados por la ingenuidad. La realidad es que la amplitud expresiva de este inusual instrumento (creado por el luthier Emmett Chapman en el año 1969) es apabullante. Aún más, este asombroso potencial se intensifica cuando el instrumento se encuentra en manos expertas, como es el caso del legendario Tony Levin y su aprendiz, el joven Michael Bernier. Incluso la batería adquiere dimensiones únicas cuando detrás de ella se encuentra Pat Mastelotto, mítico baterista de King Crimson, quien se vale tanto de la batería acústica como de la eléctrica para generar espirales polirrítmicas de enorme complejidad. La historia de esta agrupación comienza en el año 2007, con la publicación del disco solista de Tony Levin, titulado Stick Man, y en el cual Mastelotto se hace cargo de la sección rítmica. Las composiciones fueron hechas con el objetivo de mostrarle al público la infinidad de posibilidades que ofrece el stick al músico. Además reflejan el profuso amor que tiene Levin por el instrumento, relación cuyo génesis se remonta a los años ’70 cuando el bajista se encontraba formando parte de la banda de Peter Gabriel. Michael Bernier, un excelente stickista y multiinstrumentista, se unió a la banda para formar parte de la alineación que recorrió el mundo en los años 2008-09. El trío se ha consolidado con el paso del tiempo, componiendo sus propios temas y creando una identidad única en el mundo.
La música comienza a sonar. Un cucú disonante, ejecutado por el stick de Bernier, marca la hora de inicio. Rápidamente la batería se le acopla, acompañando la bienvenida con una ambientación electrónica. Por último, Levin se une al conjunto, robótico y violento. Continuando con el legado que King Crimson otorgó al mundo durante los últimos 40 años, la música comienza a desenvolverse, ecléctica y futurística, haciendo honor al comentario que Bill Bruford hacía en el año ‘95: “Cuando quieres escuchar hacia adonde irá la música en el futuro, pones un álbum de King Crimson”. La explosión sonora que producen estos músicos deja sin palabras al público, que sigue cada movimiento con absoluto detalle.
El rol de cada músico queda rápidamente en evidencia. Levin dirije, restringiéndose por lo general a las frecuencias más bajas de su instrumento, demostrando que aún hoy su verdadero lugar dentro de una banda es el del bajista. Bernier por otro lado se divierte paseando sus manos por la totalidad del instrumento y explorando las diversas formas en las que puede extraerle sonido, por momentos elaborando riffs rockeros, para luego cambiar bruscamente y abordar su instrumento de forma más sinfónica, generando bellas melodías a partir de un arco de violín.
A continuación, la banda nos ofrece Sasquatch, una de sus recientes composiciones. El tema comienza con varias capaz de stick entrelazándose y construyendo estructuras cíclicas. El aire detrás de la obra es muy similar al encontrado en el famoso disco Discipline, considerado como la introducción del stick al mundo del rock. Del mismo modo, el tema explora todo el rango y sonoridad del instrumento, plagado de una atmósfera llena de matices y variaciones. Al finalizar este experimento sonoro, el escenario se tiñe de un tono rojizo intenso y el ambiente se torna intensamente endiablado. Todo está listo para la llegada del rey carmesí. Éste se quita la galera y se presenta a sí mismo con los primeros acordes desgarrantes de Red. Ante la locura del público el tema se desarrolla de forma majestuosa, destruyendo las diferencias entre consonancia y disonancia. El recinto se ve a si mismo sobrecargado de caos cuando estos tres músicos reproducen con total fidelidad una de las obras más importantes de la historia del rock progresivo. El resultado es una imparable e inmensa avalancha de sonido, como si los tres músicos estarían recibiendo ayuda de una enorme hueste de seres infernales.
Al concluir el tributo, Levin se dirige al público con un esforzado castellano. Con una devoción total por su público, agradece a todos por su presencia y expresa su amor por el país al llamarlo “la segunda casa de King Crimson”. A continuación desatan otra de sus nuevas creaciones, titulada Inside the red pyramid, en la cual Bernier describe paisajes egipcios con su arco, mientras que Levin con un bajo poderoso sienta las bases de una rítmica delirante. En sus manos, un simple 4/4 puede convertirse en una osadía temporal, plagada de contrapuntos e ilusiones rítmicas. Por suerte para él, Mastelotto es capaz de disociar totalmente su cuerpo y dominar los cambios de ritmo con total maestría, como un auténtico hijo perdido del dios Chronos.
La música por momentos adopta un carácter armónico fuertemente basado en el idioma del jazz, desplegando influencias tanto del free como de la música fusión. Las voces recitadas lo asemejan aún más a la obra del legendario Frank Zappa. Mientras tanto las manos de Bernier parecen adoptar la movilidad de una araña. Sus ocho dedos recorren toda la longitud del instrumento, esquizofrénicas, pero bajo absoluto control de su portador. Las manos de Levin también van y vienen, pero parecen moverse con total libertad, como si estuviesen en modo automático. La disociación es tal que uno no sabe si el músico tiene consciencia ni control sobre lo que está realizando. Sea como fuere, el resultado es asombroso. Ayudados por la percusión electrónica y una batería de efectos, el trío amplía a la décima potencia sus posibilidades de expresión.
Llega finalmente el momento de la individualidad. Bernier toma el primer lugar, desplegando hermosas melodías con su arco y haciendo un uso excepcional de los loops (similar a las actuaciones del famoso stickista argentino Guillermo Cides). Suavemente una pieza bella va naciendo. De su instrumento emerge el canto de una grulla perdida en una planicie de oriente, que luego se convierte con rapidez en un intrincado paisaje virtuoso, pero que aún retiene su potencial estético. La pieza se esfuma en el tiempo, y Levin se asoma a reemplazar a su discípulo. Con la convicción de que puede y quiere ser el supremo iconoclasta, desarrolla una música muy a su estilo propio, compleja tanto en rítmica como en armonía. Finalmente nos quedamos a solas con Mastelotto y su arsenal electrónico. De forma progresiva, va desatando ritmos programados y desplegando toda su técnica sobre ellos. Sus compañeros se le suman en la búsqueda musical, con Bernier estrenando su voz en lo que finalmente termina siendo Scarlet wheel, otra composición nueva de la banda. La música es poderosamente introspectiva, lo cual da ganas de simplemente cerrar los ojos y flotar por el espacio-tiempo.
“A nosotros nos encanta improvisar”, dice Levin con un castellano atravesado, demostrando ser un verdadero alumno de la escuela Fripp. Dicho y hecho, el trío se embarca en un elaborado jam, en el cual Mastelotto se luce con un dominio de los ritmos alucinante. La música se desarrolla carente de todo tipo de marco o contexto, explorando la absoluta libertad. Por momentos uno puede imaginarse que se encuentra frente a un conjunto de robots que interpretan una “sinfonía industrial”.
Luego de la experimentación, la banda se propone descubrir la respuesta a una pregunta que atormenta a varios de nosotros: “¿Como sonaría la música de Bach si hubiera nacido 350 años más tarde y hubiese sido fan de Weather Report?”. Y les aseguro que el tema Fugue es sin duda la respuesta correcta, una pieza que todo amante de la música se encuentra en la obligación de oir.
Una atmósfera densa y oscura abre paso al tan esperado Firebird suite, con ambos stickistas aferrándose a sus respectivos arcos. La música agresiva y sumamente percusiva de Stravinsky es el marco perfecto para desatar la furia artística de la banda. Esta obra que en su momento catapultó a la gloria internacional al joven compositor ruso, narra la leyenda folklórica del pájaro de fuego, un ser cuyas plumas cambiaban constantemente de color y que era tanto una bendición como una maldición para su captor. Del mismo modo que la historia, la obra presenta cambios bruscamente disonantes y variaciones constantes de matices. Las cuatro secciones de las que está formada la obra conforman en mi opinión, el punto más alto de su actuación.
Luego de entregar un tema más, la banda se despide de su público, pero es traído nuevamente al escenario por una ensordecedora ovación. Con dos temas más bajo la manga, los músicos se embarcan nuevamente en el desafío estructural que marca cada una de sus presentaciones. Nos permiten adentrarnos unos momentos más en aquel mundo paralelo que construyen día a día, en el cual las métricas fluyen intercambiables en un mar de libertades armónicas. Cuando ya estaban despidiéndose nuevamente, Levin recuerda que faltaba todavía algo más. Sale corriendo a agarrar su stick y comienza a tocar un riff conocido por todos. El excelente Elephant talk resulta ser el cierre perfecto para semejante velada. Un regalo que el público argentino, habitantes de la segunda casa de King Crimson, agradecerá eternamente.

15 noviembre, 2009

Retrato de una semana musical, parte 2

La comunidad Amijai suele brindar recitales de primer nivel, siempre en busca de la excelencia en cuanto a la calidad tanto de los intérpretes como de las obras a presentar. En este mismo sentido, se realizó el miércoles 28 de octubre el primero de una serie de recitales que tienen como protagonista al Ensamble Instrumental de Buenos Aires. Esta recientemente creada agrupación nuclea a algunos de los solistas más reconocidos del ámbito local bajo una misma intención, ofrecer al público un variado repertorio de música de cámara con especial énfasis en obras poco tocadas. Se destacan entre sus filas Pablo Saraví, Primer Violín Concertino de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires y de la Camerata Bariloche; Kristine Bara quien también forma parte de la Filarmónica de Buenos Aires y de la Orquesta Estable del Teatro Colón; Myriam Santucci, egresada de Jiulliard y que ha participado como solista con las orquestas de prácticamente todos los estados de EE.UU.; y muchos otros músicos de renombre. En su conformación actual se cuentan 4 cuerdas, 5 vientos y piano.
Era de esperar que la crítica alabara la precisión del Ensamble en sus primeras presentaciones. Sin embargo también había otro denominador común a todo comentario sobre los recitales de esta agrupación, y era que le daban excesiva importancia a obras intrascendentes. En su afán por tocar música poco conocida, caían en interpretar obras que no poseían una esencia propia, y sus recitales perdían mucho del atractivo inicial. Curioso por comprobar esto por mi mismo, compré el abono para los tres recitales que iban a dar en el templo de la comunidad Amijai. El primero de ellos sonaba realmente prometedor, ya que constaría del quinteto La Trucha de Schubert, junto con La Historia del Soldado de Stravinsky. La perfecta combinación entre clasisismo y modernismo, esta configuración garantizaba agradar a todo oyente, con cierta tendencia a la diversidad sin descuidar de las obras clásicas e ineludibles.
¡Vaya sorpresa la que me llevé cuando llegué al templo y me di cuenta que habían cambiado el programa! El Schubert seguía ahí firme, pero ni rastros del Stravinsky. En su lugar, se encontraba un Quinteto Para Piano y Vientos (K. 452) de Mozart. Sorprendido y un tanto decepcionado me senté en mi butaca, lamentando haberme perdido de semejante obra. La Historia del Soldado es una obra teatral, musicalizada por Stravinsky, muy virtuosa en su ejecución, y que demuestra ampliamente la capacidad de hacer arreglos del compositor, entrando cada instrumento en el momento preciso y con la frase exacta. Escucharlo de un CD es un tanto tedioso, ya que la actuación y el baile se pierden, junto con todo el diálogo a menos que uno domine el francés a la perfección. Sin embargo verlo en vivo debe de ser toda una experiencia. Nada de eso importaba ya, lo único que restaba era esperar que el quinteto valiera la pena.
Y lamentablemente no lo valió. Esta no es más que una en un millón de las indiferenciables obras que Mozart hizo durante su vida, seguramente compuestas un poco a las apuradas para cumplir con el plazo del encargo, y luego olvidadas para siempre. No es más que un excelente ejemplo de lo que yo llamo la faceta esquemática de Mozart. En las palabras de Stravinsky, quien sólo hizo presencia esa noche en mi cabeza: “Vivaldi no hizo mas que escribir 500 veces el mismo concierto”. Obviamente al lado de la obra del compositor ruso, Vivaldi suena monótono y repetitivo. Si bien estoy de acuerdo con Stravinsky, algo de lo cual me di cuenta hará un año atrás cuando escuchando Las Cuatro Estaciones en el tren me percaté del hecho de que cada tema contiene un único motivo cíclico y sus variante; también creo que el hecho de escuchar 500 conciertos prácticamente iguales, y que cada uno te atrape y tensione como si fuese el primero, es quizás más meritorio aún que divagar detrás de un abanico musical interminable buscando una identidad propia que se presenta inconstante y difusa. Al margen de esta discusión, y extrapolando un poco esta afirmación, hay veces que llego a la conclusión que Mozart también caía en la redundancia artística. Si bien por un lado esto es lógico teniendo en cuenta el volumen de sus composiciones, por momentos tiene la sensación (y créanme yo la tuve esa noche) de que no era necesario componer esa obra. Realmente no hacía falta, no agregaba en nada, no iba a ningún lado. Esta obra en particular, se define como una recolección de distintas frases cortas, prácticamente puñaladas a los vientos, hilvanadas por un piano que sirve únicamente como matriz coherente. Los vientos no tienen ningún tipo de independencia, tocando el mismo motivo ya sea juntos o de a turnos. Esto reduce totalmente las posibilidades tímbricas que se podrían alcanzar si se tratara al oboe como oboe, al clarinete como clarinete, y lo mismo con el fagot y el corno, en vez de simplificar esta fórmula y linealizarla, meramente tratando a los vientos como vientos… y punto. Lo único interesante que resalto de esta carencia de lazos melódicos entre los instrumentos, es que cada uno puede ser fácilmente identificado, y la obra puede ser utilizada para enseñarle a los principiantes a reconocer el timbre del fagot, o del corno, que usualmente por falta de protagonismo son los más difíciles de distinguir utilizando solo el oído. Una especie de Pedro y el Lobo de vientos. Por otra parte los aportes del piano son por lejos los más interesantes, haciendo que un arroyo musical fluya entre los estancados charcos que intentan contribuir los demás instrumentos. Por momentos pareciera que el mismo Mozart está sentado al piano, improvisando la música con genialidad capricho, y que los vientos son algunos de sus amigos, menos dotados, que intentan acompañar la genialidad del maestro. A pesar de la poca expresividad que permite la obra, más allá de la elección no hay nada más que criticarle al Ensamble, cuya precisión a la hora de la ejecución es abrumadora, realmente de nivel internacional.
¿Y qué decir del quinteto de Schubert? Simplemente magnífico, como era de esperar. Una de mis obras de cámara favoritas del período romántico, La Trucha es una de las obras claves del compositor y un excelente punto de partida para todo aquel que quiera conocerlo. La gran presencia de mediantes (3era. nota de la escala) lo vuelve armónicamente muy rica, algo que hasta cierto punto pudo haber influenciado a compositores del romanticismo, período que explotaría al límite las posibilidades sensitivas otorgadas por las escalas mayores y menores. Sin embargo la música va aún más allá en el tiempo, y a través de sus cromatismos predice el advenimiento del modernismo. De esta forma Schubert se muestra a sí mismo en todo su esplendor.
Para hacer una breve conclusión, simplemente quería ratificar lo dicho por la crítica (por algo son críticos, no?). Una agrupación que sobresale por su habilidad, se torna gris por sus elecciones. Si su afán es tocar música novedosa, tranquilamente podrían basar sus elecciones en la obra y no en el “género”, ya que priorizan el formato raro por sobre la obra rara, cayendo en elecciones caprichosas. Si quisieran, podrían optar por tocar tríos o cuartetos de compositores poco representados en los escenarios, en vez de septimios y octetos de compositores muy repetidos. Y además, todavía me deben mi Stravinsky…

10 noviembre, 2009

Retrato de una semana musical, parte 1

El sábado 24 de Octubre se realizó en la Iglesia Metodista Central el 6to. concierto de la Academia Bach de Buenos Aires. Esta célebre institución se dedica al homenaje del eximio compositor Johann Sebastian Bach, lo cual va de la mano de la divulgación de aquellos músicos que han sido de influencia en su vida y su arte, o meramente contemporáneos suyos. De esta forma, la Academia Bach revive en nuestros tiempos toda la precisión y brillantez de la música barroca en general, alzándose como una verdadera puerta que nos transporta al pasado. En esta ocasión tuvimos el honor de presenciar un concierto de manos del GCC-Grupo de Canto Coral, liderado por el brillante director Néstor Adrenacci. Con la excelencia a la cual ya nos tienen acostumbrados, interpretaron obras de Carl Heinrich Graun y Felix Mendelssohn, ambos homenajeados en este año 2009, por cumplirse 250 años de la muerte del primero y 200 del nacimiento del segundo.
Graun fue un ávido compositor del período preclásico, alzándose como músico distinguido de la corte de Federico El Grande de Prusia, en donde se consagró como Kapellmeister. A su vez es considerado hoy en día como uno de los mayores compositores alemanes de ópera de su época. Lo más curioso es que sus obras se encuentran usualmente firmadas por un enigmático “Signore Graun”, lo cual suele generar mucha confusión, dado el hecho de que su hermano, Johann Gottlieb Graun, fue también un compositor muy célebre en su época. Para empeorar las cosas, ambos músicos eran parte de la corte de Federico. Es por esto que hoy en día se suele encontrar una misma obra atribuída a uno u otro de los hermanos, dependiendo de dónde se busque o a quién se le pregunte. De modo tal que el aniversario de la muerte de Carl Heinrich Graun se convierte en una especie de doble homenaje, ya que uno nunca puede estar del todo seguro del verdadero autor detrás de la obra que está tocando. En esta ocasión oímos tan sólo dos pequeños motetes, alegres y bellos, que demuestran con toda certeza por qué este músico se había ganado el puesto de Maestro de Coro de una de las mejores instituciones musicales de su época, como lo fue la corte de Prusia en el siglo XVIII.
Por otra parte, los ocho motetes de Felix Mendelssohn que fueron presentados demostraban una habilidad musical sin paralelo. Como dijo Goethe ya en el año 1821, en una conversación con el maestro del pequeño Felix: “...lo que su alumno ya ha logrado, presenta la misma relación con el Mozart de esa época, como la cultivada conversación de un hombre adulto lo hace con el balbuceo de un niño.” Mendelssohn parecía haber nacido con un dominio intrínseco y absoluto de la capacidad artística musical, y su vida representa un constante caminar hacia la madurez total. Nada más lejos de como veía Wagner las cosas, quien aseguraba que los judíos no eran capaces de hacer música, y que Mendelssohn había adquirido la capacidad de copiar la música de otros por haber nacido en un hogar adinerado y haber recibido una buena educación. El mismísimo legado que este músico judío nos ha dejado en tan solo 38 años de vida, no hace más que atestiguar la ceguera que el odio genera en una persona. En esta ocasión las obras seleccionadas demostraban la tendencia conservadora del compositor, muchas veces moviéndose dentro de las atmósferas barrocas del siglo anterior al suyo. No olvidemos que fue justamente Zelter, su profesor de composición, quien moldeó de esta forma sus gustos musicales. Tanto él como Sarah Levy, tía de Felix y alumna de W.F. Bach, fueron quienes guiaron a este joven músico a explorar los contrapuntos y la claridad tonal que se evidencian precisamente en estos motetes. Más allá de todo esto, estas piezas también demuestran una sólida fe cristiana. Basados en diversos salmos y capítulos de los evangelios, los textos de estas obras nos llevan a imaginar a un Mendelssohn con una verdadera relación con Dios y una madurez espiritual importante. A pesar de haber sido nieto del famoso filósofo Moisés Mendelssohn, miembro importante del Haskalah o Iluminismo judío, y considerado por muchos como un personaje tan importante como el Moisés bíblico, Felix fue criado en un ambiente Luterano. Esto se debió a que su padre, Abraham, resignó de la fe judía para adoptar el cristianismo, bautizándose él y toda su familia. Gracias a esto vemos como su hijo tenía, por lo menos a la hora de componer estas obras, una sincera relación con Cristo. La vida de Mendelssohn no es más que la historia del éxito de un personaje que luchó constantemente contra los prejuicios y la discriminación, para alzarse como uno de los mayores genios musicales de la historia. Constantemente fuera de lugar, siendo un judío cristiano y un romántico barroco, las contradicciones no hicieron más que brindarle una frescura única a su vida y obra. Como él mismo lo dijo, luego dar una presentación en la cual reestrenó la Pasión según San Mateo a casi 100 años de su última presentación: “Pensar que se necesitó (..) al hijo de un judío para revivir la más grande música cristiana para el mundo!”

19 octubre, 2009

Recital de Stratovarius 14/10/09


El miércoles 14 de octubre la escena del metal fue testigo de un recital más de la leyenda finlandesa del power metal. Stratovarius se presentó ante un público que colmó el teatro y que vibró como nunca con el excelente espectáculo que brindó la banda.
Llegué a The End a eso de las 7 y media, medio complicado entre la facultad y el tránsito. Lo primero que me impactó fue la cantidad de cola que había, ya que no me esperaba semejante convocatoria. Por suerte pude entrar cuando recién empezaba a tocar la segunda banda soporte, Abryllian. Espectacular estuvieron los chicos de Hurlingham, con muchas influencias del buen metal progresivo, tocaron de diez y realmente se lucieron. Luego de ellos vinieron Dark Whisper y Lord Kraven, dos bandas que ya son clásicos de este tipo de eventos. La primera de ellas me la había cruzado ya en el festival Heathen Alliance, y es una banda que creo que no llega a canalizar el potencial que tienen. Con dos muy buenas cantantes en escenario, pareciera que no son capaces de focalizar su música en una dirección, y sus composiciones se diluyen en las restricciones que se imponen. Por otra parte, Lord Kraven es otra banda que también pude ver en un par de ocasiones anteriores. Esta vez con toda una puesta de escena “pseudo-vikinga”, me llamó poderosamente la atención la similitud con la banda española Mägo de Oz. El cantante tiene la misma voz (me pareció a mi o hasta canta apropósito con un tono medio gallego?) y componen el mismo tipo de canciones con inclinaciones épicas y teatrales. Si bien logró mucho más respuesta del público, tampoco logró despegar, y su música se vio opacada además por el mal sonido. Una de las guitarras estaba insoportablemente chillona, la otra demasiado baja, y la batería por momento sonaba como un cajón peruano y por momento opacaba a todos los demás instrumentos. En resumen, en una previa llena de covers de Sonata y Rhapsody como era de esperar, la popularidad no fue sinónimo de excelencia, y Abryllian con toda humildad se llevó ampliamente el primer puesto.
Luego de más de 45 minutos de espera finalmente se oyeron las primeras notas de Destiny, cantada por una angelical computadora, seguido de lo cual Stratovarius hizo presencia en el escenario. La gente realmente enloqueció ante la avalancha de clásicos que vinieron después, una simple muestra de lo que iba a ocurrir a lo largo de todo el recital. Hunting high and low, Speed of light y The kiss of Judas llegaron sin descanso uno atrás del otro, con un sonido espectacular. Contrario a lo que me esperaba, únicamente se oyeron tres temas del último disco Polaris. Obviamente no faltaron solos de todos los instrumentos, salvo por la batería que realmente no tuvo un papel protagónico. Los clásicos se continuaron a lo largo del show, paseándonos por toda su amplia discografía. Eagleheart y Twilight symphony nos demostraron porque son realmente los reyes del power metal, con más de 20 años de trayectoria que avalan su título. Luego del encore, regresaron con toda la energía, como si los años no pasaran, culminando su presentación con un Black Diamond que ya se venía sintiendo en el aire.
Como ya se dijo, la presencia de Jörg Michael detrás de la batería fue inapreciable. No se destacó en ningún momento del show, pero más allá de la falta de lujos, le faltó mucha precisión. Lo mismo parece haberle pasado a Johansson, quien no rindió como me esperaba. Quien conoce los trabajos de este excelente tecladista fuera de la banda, sabe que es verdaderamente uno de los mejores en lo que a su instrumento respecta. Para un personaje capaz de desenvolverse con soltura dentro de las escenas del metal, el jazz, el avant-garde y la música progresiva, sus aportes durante el recital fueron terriblemente pobres. Con oberturas sin sentido y solos aburridos, Johansson fue el punto más bajo del recital teniendo en cuenta su cualidad como músico y las expectativas que su presencia generaba. Quizás los problemas que tuvo con el sonido lo pusieron en un estado de vacío creativo, pero de todos modos su actuación fue decepcionante. Los demás miembros de la banda sobrepasaron rotundamente mis expectativas. Lauri Porra brilló con un solo de bajo que fue una verdadera clínica de slap, y durante todo el show demostró una personalidad escénica muy positiva. Plantado en el medio del escenario, tocó hasta el último tema con la mejor onda y una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Kotipelto me sorprendió cantando de forma inmejorable, creo que canta con más precisión hoy en día en vivo que hace 15 años en estudio. Desde el principio tuvo una excelente conexión con el público, haciéndonos recordar algunas de sus visitas anteriores, hablando de futbol y demostrándole al público argentino que somos verdaderamente una de sus audiencias favoritas. La ausencia de Tolkki ni se sintió. Matias Kupiainen, el nuevo integrante de la banda, tocó incluso mejor, deshaciendo todo fantasma de ausencia en el escenario. Cambiando y personalizando un poco los solos de guitarra de los temas clásicos, demostró que ha venido definitivamente para quedarse, y tocó un solo neo-clásico que hizo temblar la mismísima tumba de Elisa.
Es una alegría ver a la banda tan unida luego de tan solo 50 recitales junto a Matias. Recordemos que hace ya un año y medio empezó la bochornosa partida de Tolkki de la banda, con peleas y declaraciones contradictorias por parte de ambos bandos. Por suerte Stratovarius se pudo recuperar totalmente, utilizando este golpe como una brisa de aire fresco. Tolkki ahora debe de darse cuenta de lo que ha perdido, y anunció su venida a la Argentina en noviembre para dar una clínica de guitarra, quizás tratando de perseguir la cola del cometa y recibir un poco de apoyo, ahora que su ex banda se lleva todos los aplausos.
El nuevo disco de Strato que acaba de salir, Polaris, tiene un sonido totalmente distinto, lo cual era de esperarse siendo Tolkki el compositor del 95% de la música previa. A pesar de que siempre los fanáticos son reacios al cambio, creo que la llegada del nuevo guitarrista y la dirección musical que han tomado es precisamente lo que necesitaban. Escapando de un sonido que los había llevado a un callejón sin salida, la banda ha resuelto la situación de manera brillante. En el nuevo disco se encuentran composiciones mucho más arriesgadas, saliendo de las cuadraturas y la extrema consonancia típica del power metal, y utilizando herramientas que nunca nadie imaginó que podrían aparecer en un disco de Stratovarius.
Es emocionante ver renacer al fénix de las cenizas, y qué mejor bautismo de fuego para esta nueva alineación que un recital sublime en uno de los países que siempre les ha dado la mejor de las acogidas.